Mis hijas tienen el mejor padre del mundo (mi marido). Tal vez ellas todavía no lo saben, pero yo nunca lo puse en duda y lo terminé de reafirmar en estas vacaciones. No hubo nada que hayan querido que no les haya dado. Durante un mes les buscó todas las películas que le pidieron. Jugó con ellas a todos lo juegos que quisieron. Les hizo la leche para todos los desayunos y todas las meriendas. Les leyó cuentos y más cuentos con toda la paciencia del mundo (esa de la que yo carezco) y hoy salió con el frío a llevarlas a casa del abuelo porque "lo extrañaban". Seguramente esto no debería soprender a nadie, es lo que cualquier padre haría, pero bien sambemos que no siempre es así. No se nace sabiendo ser padres y cada día con los hijos es un aprendizaje. Lo de estas vacaciones fue una prueba de fuego para muchos, prueba en la que mi marido, sin ninguna duda, se sacó un 10.
jueves, 30 de julio de 2009
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