Y no estamos hablando de cuadros, sino de paredes, pero para las chicas la diversión fue mucho mayor. Primero hubo que despejar la habitación (ya que es la de ellas la que vamos a pintar), correr los muebles, sacar los juguetes, los libros y mudarse al living. Acto seguido, preparamos las camas en una especie de gran campamento familiar, que incluyó colchones, almohadas, mantas y peluches. Y después, como era de esperarse, quisieron ayudar a pintar. Por supuesto que las mantuvimos lo más alejadas posibles de los tachos de pintura, pero no pudimos evitar que metieran las narices a cada rato en la habitación para "supervisar" el trabajo. El tema es que, sin quererlo, nuestro buen pintor fue motivo de entretenimiento (y lo seguirá siendo por un par de días más). Sólo espero que no sea motivo de inspiración y se les de por recorrer la casa con la brocha gorda.
martes, 28 de julio de 2009
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